Magias parciales del Quijote
Es
verosímil que estas observaciones hayan sido enunciadas alguna vez y quizá muchas
veces; la discusión de su novedad me interesa menos que la de su posible
verdad.
Cotejado con otros libros
clásicos (la Ilíada, la Eneida, La Farsalia, La Comedia dantesca, las tragedias
y comedias de Shakespeare), el Quijote es realista; este realismo, sin embargo,
difiere esencialmente del que ejerció el siglo XIX. Joseph Conrad pudo escribir
que excluía de su obra lo sobrenatural, porque admitirlo parecía negar que lo
cotidiano fuera maravilloso: ignoro si Miguel de Cervantes compartió esa intuición,
pero sé que la forma del Quijote le hizo contraponer a un mundo imaginario
poético, un mundo real prosaico. Conrad y Henry James novelaron la realidad
porque la juzgaban poética; para Cervantes son antinomias lo real y lo poético.
A las vastas y vagas geografías del Amadís opone los polvorientos caminos y los
sórdidos mesones de Castilla; imaginemos a un novelista de nuestro tiempo que
destacara con sentido paródico las estaciones de aprovisionamiento de nafta
Cervantes ha creado para nosotros la poesía de la España del siglo XVII, pero
ni aquel siglo ni aquella España eran poéticas para él; hombres como Unamuno o
Azorín o Antonio Machado, enternecidos ante la evocación de la Mancha, le
hubieran sido incomprensibles. El plan de su obra le vedaba lo maravilloso;
éste, sin embargo, tenía que figurar, siquiera de manera indirecta, como los
crímenes y el misterio en una parodia de la novela policial. Cervantes no podía
recurrir a talismanes o a sortilegios, pero insinuó lo sobrenatural de un modo
sutil, y, por ello mismo, más eficaz. Intimamente, Cervantes amaba lo
sobrenatural. Paúl Groussac, en 1924, observó: “Con alguna mal fijada tintura
de latín e italiano, la cosecha literaria de Cervantes provenía sobre todo de
las novelas pastoriles y las novelas de caballerías, fábulas arrulladoras del
cautiverio.” El Quijote es menos un antídoto de esas ficciones que una secreta
despedida nostálgica.
En la realidad, cada novela
es un plano ideal; Cervantes se complace en confundir lo objetivo y lo
subjetivo, el mundo del lector y el mundo del libro. En aquellos capítulos que
discuten si la bacía del barbero es un yelmo y la albarda un jaez, el problema
se trata de modo explícito; otros lugares, como ya anoté, lo insinúa. En el
sexto capítulo de la primera parte, el cura y el barbero revisan la biblioteca
de Don Quijote; asombrosamente uno de los libros examinados es la Galatea de
Cervantes, y resulta que el barbero es amigo suyo y no lo admira demasiado, y
dice que es más versado en desdichas que en versos y que el libro tiene algo de
buena invención, propone algo y no concluye nada. El barbero, sueño de Cervantes
o forma de un sueño de Cervantes, juzga a Cervantes… También es sorprendente
saber, en el principio del noveno capítulo, que la novela entera ha sido
traducida del árabe y que Cervantes adquirió el manuscrito en el mercado de
Toledo, y lo hizo traducir por un morisco, a quien alojó más de mes y medio en
su casa, mientras concluía la tarea. Pensamos en Carlyle, que fingió que el Sartor resartus era versión parcial de
una obra publicada en Alemania por el doctor Diógenes Teufelsdroeckh; pensamos
en el rabino castellano Moisés de León, que compuso el Zohar o Libro del Esplendor
y lo divulgó como obra de un rabino palestiniano del siglo III.
Ese juego de extrañas ambigüedades
culmina en la segunda parte; los protagonistas han leído la primera, los
protagonistas del Quijote son, asimismo, lectores del Quijote. Aquí es inevitable recordar el caso de Shakespeare, que
incluye en el escenario de Hamlet
otro escenario, donde se representa una tragedia, que es más o menos la de Hamlet; la correspondencia imperfecta de
la obra principal y la secundaria aminora la eficacia de esa inclusión. Un
artificio análogo al de Cervantes, y aun más asombroso, figura en el Ramayana,
poema de Valmiki, que narra las proezas de Rama y su guerra con los demonios.
En el libro final, los hijos de Rama, que no saben quién es su padre, buscan
amparo en una selva, donde un asceta les enseña a leer. Ese maestro es,
extrañamente, Valmiki; el libro en que estudian, el Ramayana. Rama ordena un sacrificio de caballos; a esa fiesta acude
Valmiki con sus alumnos. Estos acompañados por el laúd, cantan el Ramayana. Rama oye su propia historia,
reconoce a sus hijos y luego recompensa al poeta… Algo parecido ha obrado el
azar en Las Mil y Una Noches. Esta
compilación de historias fantásticas duplica y reduplica hasta el vértigo la
ramificación de un cuento central en cuentos adventicios, pero no trata de
graduar sus realidades, y el efecto (que debió ser profundo) es superficial,
como una alfombra persa. Es conocida la historia liminar de la serie: el desolado
juramento del rey, que cada noche se desposa con una virgen que hace decapitar
en el alba, y la resolución de Shahrazad, que lo distrae con fábulas, hasta que
encima de los dos han girado mil y una noches y ella le muestra su hijo. La
necesidad de completar mil y una secciones obligó a los copistas de la obra a
interpolaciones de todas clases. Ninguna tan perturbadora como la de la noche
DCII, mágica entre las noches. En esa noche, el rey oye de boca de la reina su
propia historia. Oye el principio de la historia, que abarca a todas las demás,
y también —de monstruoso modo—, a sí misma. ¿Intuye claramente el lector la
vasta posibilidad de esa interpolación, el curioso peligro? Que la reina
persista y el inmóvil rey oirá para siempre la trunca historia de Las Mil y Una Noches, ahora infinita y
circular .. Las invenciones de la filosofía no son menos fantásticas que las
del arte: Josiah Royce, en el primer volumen de la obra The world and the individual (1899), ha formulado la siguiente:
“Imaginemos que una porción del suelo de Inglaterra ha sido nivelada
perfectamente y que en ella traza un cartógrafo un mapa de Inglaterra. La obra
es perfecta; no hay detalle del suelo de Inglaterra, por diminuto que sea, que
no este registrado en el mapa; todo tiene ahí su correspondencia. Ese mapa, en
tal caso, debe contener un mapa del mapa; que debe contener un mapa del mapa
del mapa, y así hasta lo infinito.”
¿Por qué nos inquieta que el
mapa esté incluido en el mapa y las mil y una noches en el libro de Las Mil y Una Noches? ¿Por qué nos inquieta
que Don Quijote sea lector del Quijote y Hamlet espectador de Hamlet? Creo haber dado con la causa:
tales inversiones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser
lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser
ficticios. En 1833, Carlyle observo que la historia universal es un infinito
libro sagrado que todos los hombres escriben y leen y tratan de entender, y en
el que también los escriben.
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